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Pensar con prompts: el gran reto de nuestros tiempos: Andrea Colamedici en la UNAM

hace 14 minutos
5 min de lectura

Autor: Barush Maqueda


En 2025, el libro Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, atribuido al filósofo chino Jianwei Xun, expuso cómo el poder actual manipula la percepción mediante algoritmos e IA. Poco después, el pensador italiano Andrea Colamedici declaró que él era el verdadero autor y que aquel bestseller había sido coescrito con inteligencia artificial como un performance filosófico y artístico para un proyecto de la Universidad de Foggia, creando así a un autor ficticio. 



“Quien sabe distinguir una respuesta buena de una mala encuentra en la IA una potencia enorme, pero quien está aprendiendo, corre el riesgo de que la máquina forme su juicio y por lo tanto, su realidad”, mencionó Colamedici durante la quinta sesión del seminario Ser Humanx en tiempos de IA: reflexiones críticas desde Iberoamérica, en el LIASI de la UNAM. 


Dentro de sus reflexiones, el ponente abordó “la sociedad del prompt”, en donde se ha vuelto común utilizar máquinas para producir conocimiento: “durante siglos, el saber tenía la forma de una respuesta en libro, hoy las respuestas sobran, son instantáneas, casi gratuitas“, aseguró. Sin embargo, desde la postura del ponente, esta aparente eficacia nos convierte en operarios cautivos de una herramienta expendedora de un saber sesgado por una visión específica del mundo. 



En este contexto, “la inteligencia artificial se convierte en el pharmakon de nuestro tiempo”, un remedio y un veneno que anestesia la cognición humana y habilidades clave como la síntesis, el razonamiento y la argumentación. El autor advierte que esta delegación de pensamiento incide en nuestra percepción y fomenta una falta de cuestionamiento del status quo.


Esto se ve reflejado en la formación académica y laboral de las juventudes, a quienes el sistema ya no busca transformar en expertos, sino en replicadores frente a un campo explotado por la IA. Como consecuencia, Colamedici advierte que la IA inflige una herida narcisista, porque la sociedad comienza a dudar de su propio valor ante un ente que se atribuye la inteligencia, una facultad que hasta hace poco se creía exclusiva de la humanidad.



Por lo tanto, esta tecnología suele asumirse como un interlocutor extranjero cuyos códigos de comunicación debemos aprender a dominar (mediante el prompt engineering, por ejemplo), abriéndonos a recibir asociaciones que creemos que jamás se nos habrían ocurrido. Sin embargo, como advierte el autor, existe un riesgo implícito: “cuanto más fluida es la forma, más nos fiamos del contenido”, sentenció.


Por eso, el también filósofo declara que el prompt thinking es una forma de rebeldía, ya que la práctica nos invita a dialogar desde la fricción, entre lo que la IA responde y nuestro conocimiento, dando como resultado una confusión necesaria para dar inicio al pensamiento. Todo esto sin perder de vista el riesgo de la sicofancia o complacencia algorítmica de modelos como ChatGPT o Gemini, programados para validar y dar la razón de forma constante al usuario.



Seguido, Andrea Colamedici propuso seis ejercicios que podemos llevar a cabo cuando estamos frente a grande modelos de lenguaje: 


  1. Preelaboración: Antes de redactar un prompt, utiliza tiempo extra para escribir tu propia hipótesis, no importa si no está completa. 

  2. Objeción: Cuando tengas una idea pídele a la máquina que confronte tu visión, una contraargumentación que cree un choque que te haga cuestionar. 

  3. Feedback: Devuelve la idea que redactó la IA con tus propias palabras. Cuando una respuesta te convenza, descríbela. 

  4. Variar voces: Hazle la misma pregunta a la IA más de dos veces y razona en donde divergen. Toma en cuenta las diversas perspectivas que se pueden abordar (tecnodiversidad). 

  5. Dictamen: Crea una conclusión con tu puño y letra sin ayuda de la máquina, para que conectes ideas por tu propia cuenta.   

  6. Tiempo intersticial: Pasa momentos de tu día lejos de la tecnología, lejos de las pantallas. Toma pausas de aburrimiento para relajar la mente, porque “cuando nos quitan las herramientas, el pensamiento vuelve con fuerza”. 


A esto se suma el concepto de “servidumbre algorítmica voluntaria”, que alude a una doble delegación: la máquina piensa por la persona y exime a ésta de toda responsabilidad. De este modo, la tecnología se transforma en una autoridad legitimada a cambio de solucionar nuestros problemas. En palabras del autor, esta “es la forma más perfecta del poder hipnocrático, que no necesita imponerse porque la deseamos”. Esta dinámica se consolida en la medida en que abordamos la herramienta a través de nuestras preguntas e interacciones, otorgándole una jerarquía superior a la de la razón humana y al afecto social mediante su validación constante.


Desde el trabajo desarrollado en el Laboratorio de Inteligencia Artificial, Sociedad e Interdisciplina (LIASI), el Dr. Luis Josué Lugo, en diálogo con Colamedici, propuso que frente a modelos del tecnofeudalismo o capitalismo cognitivo, la cuestión,  no sería solamente cómo escribir mejores prompts, sino cómo preservar y ampliar nuestra agencia epistémica: capacidad para decidir qué preguntamos, qué fuentes reconocemos, qué conocimientos consideramos legítimos, cómo interpretamos una respuesta y bajo qué condiciones estamos dispuestos a modificar nuestras propias posiciones.



Esto obliga a pensar más allá de la automatización. Si la llamada razón generativa comienza a intervenir en procesos como escribir, sintetizar, argumentar, buscar información, interpretar datos o formular hipótesis, la pregunta educativa deja de ser: “¿cómo incorporamos ChatGPT al aula?”.


En este sentido, el Dr. Lugo propuso distinguir entre deuda cognitiva y deuda epistémica. La primera aparece cuando delegamos reiteradamente operaciones que antes ejercitábamos (recordar, sintetizar, comparar, redactar o argumentar) hasta volvernos dependientes de sistemas externos. 

La segunda es política per se: ocurre cuando delegamos también los criterios mediante los cuales determinamos qué cuenta como conocimiento válido, qué fuentes consultar, qué preguntas formular y qué respuestas aceptar. No se trata, por tanto, de rechazar la asistencia de la IA, sino de evitar que la asistencia se convierta silenciosamente en sustitución del juicio crítico y la transformación social.


Entre el rechazo apocalíptico, que en ocasiones también funciona como estrategia de marketing alrededor de la propia IA,  y la fascinación tecnodeterminista existe una tercera posibilidad: permanecer en ese umbral incómodo y transfigurarlo, aseveró Lugo. 


Esta posición supone construir una contra/sicofancia algorítmica, es decir, combatir epistémicamente la tendencia de los sistemas generativos a acomodarse a las expectativas, premisas o deseos de quien conversa con ellos. Por ello, recordó Lugo, tampoco todo es ChatGPT. 


Reducir la discusión sobre inteligencia artificial a unos cuantos grandes modelos comerciales implica aceptar de antemano una determinada arquitectura tecnológica y una determinada concepción del conocimiento. Frente a esta homogeneización, resulta necesario recuperar la idea de tecnodiversidad de Yuk Hui: qué otras tecnologías, infraestructuras, modelos y formas de relación con la IA podrían desarrollarse desde diferentes contextos culturales, educativos y comunitarios.


De ahí que la discusión sobre inteligencia artificial sea también una cuestión de ética política. No basta con enseñar a cada individuo a utilizar responsablemente una herramienta cuya infraestructura, criterios de diseño y formas de extracción de datos han sido decididos en otros espacios. Esto implica avanzar hacia formas de gobernanza algorítmica.


  A la par de estas reflexiones, Andrea Colamedici atendió algunas inquietudes de la audiencia, enfatizando en que resulta indispensable cuestionar no solo cómo nuestro pensamiento moldea a la máquina, sino también el uso que hacen de ella quienes la controlan para su propio beneficio. No debemos olvidar que “la explotación de infraestructura externa está fuera del alcance previsto” y que la tecnología está diseñada para ejecutar, no para crear.


 

De este modo, el llamado final de Andrea Colamedici se orienta hacia la soberanía cognitiva, como una vía para ejercer un verdadero dominio sobre la tecnología y evitar la dependencia: “Aprender a pensar significa cultivar la diferencia, buscar lo improbable, leer autores que la máquina conoce poco, escribir frases que la máquina no redactaría y formularle preguntas que la obliguen a salir de la media, defendiendo así nuestra ecología social y la diversidad del pensamiento”.


Antes de despedirse, el ponente concluyó: “La máquina transforma nuestro pensamiento y nuestro pensamiento transforma a la máquina. Si queremos mejores máquinas, debemos aprender a pensar mejor; y si queremos pensar mejor, tenemos que exigir herramientas diseñadas para ayudarnos a pensar”.


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Laboratorio de Inteligencia Artificial, Sociedad e Interdisciplina (LIASI) del CEIICH-UNAM

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